"TRÁGICA JORNADA DE CONVIVENCIA"
Aprovechando el ‘parón’ liguero del pasado fin de semana, el máximo mandatario del club vallesano, FITI PARADA, en una experiencia pionera en el mundo del fútbol, se llevó a sus jugadores de acampada en unas jornadas de convivencia que, sin duda, buscaban aislar a sus pupilos de la presión que se vive en la capital catalana tras el titubeante e irregular arranque de la presente campaña. PARADA decidió reunir a su equipo lejos de la Ciutat Esportiva para romper con la rutina, pasar un par de días juntos en la montaña para compartir experiencias, saborear la alegría y la amistad, disfrutar sin tabús del sexo anal y en definitiva hacer más piña, unir y solidificar los lazos de confraternidad entre los futbolistas para afrontar con éxito la 2ª vuelta de la temporada. Los futbolistas estaban citados a las 18.00 h del pasado Viernes en las instalaciones del club brasero. FITI PARADA fue el primero en llegar a la concentración. Apareció con su cara de palurdo deficiente tocando cuatro notas t

ristes con su armónica infestada de purulenta saliva. Le acompañaba su perro sarnoso que ladraba mientras daba vueltas persiguiendo su cola. Vestía camisa de boda, salpicada con restos de aceite apestoso y líquido seminal, sombrero a lo John Wayne, bermudas al más puro estilo guiri, chirucas ,calcetines de lana por las rodillas y sostenía en el cuello un pañuelo tricolor. Pobre retrasado maricón… Con la vista al frente, piernas separadas y brazos cruzados en la espalda, aguardó pacientemente la llegada de sus futbolistas. Se creía un auténtico monitor de Boy Scouts. Sus ojos, ictericiosos, de acusado color rojizo por haberse masturbado todo el día, con los párpados repletos de pus, expresaban emoción incontenible y orgullo por la estúpida iniciativa que acababa de poner en marcha. El segundo en llegar fue E. T. MAYOL. Equipado con un impecable traje beige, cazamariposas para atrapar insectos y binoculares de ornitólogo para estudiar las aves silvestres, el zaguero vallesano bebía pequeños sorbos de agua de su cantimplora. Estaba visiblemente nervioso. Sería el primer fin de semana que dormiría fuera de casa y eso le incomodaba. Pobre gilipollas. OSCAR MIGUELITO PARDEZA fue el tercero en llegar. Lo hizo con un andar hiperflexo, mariposón. Lucía una camiseta rosa con un nudo en la parte inferior y unos pantalones muy ajustados. Iba maquillado con brillo de labios con sabor a fruta. Movía exageradamente las manos con cierta flojera de muñecas mientras hablaba por su celular. Se reía de una manera rarita y particularmente imbécil. Escasos metros atrás URDACI MASPONS andaba triste, afligido, cabizbajo, con el cuello torcido y los hombros pesados por tener que sostener aquella descomunal masa macrocéfalica que le había ocasionado alopecia a causa de la constante fricción de la sesera con el suelo. Que cabezón tiene el jodido. La venas de su cabeza eran como tuberías de un wáter. El seboso defensa vallesano leía con inusitado interés un libro de bolsillo. Quería parecer un intelectual. Pero solo lo aparentaba. El muy desgraciado no se había percatado que tenía el ejemplar de lectura al revés. Al otro lado de la calle, FERRAN SCOBYDOO entre estruendosos llantos, se despedía de sus padres con un emotivo abrazo. Colgaba de su cuello una tarjeta con su nombre, teléfono de contacto familiar y
enfermedades padecidas que eran muchas y variopintas. El niñato de La Garriga vestía un pijama de conejo con unas enormes orejas por capucha y llevaba en una mano un osito de peluche y en la otra una pistola de agua. EDU VÍCTOR MUÑOZ llegó justo tras el mocoso garriguense. El muy idiota calzaba botas militares y pantalón bélico verde. Pese a las adversas condiciones climatológicas de la capital catalana, lucía el torso desnudo y, una cinta negra se amarraba a su cráneo para evitar que su diminuto cerebro se moviera por el movimiento. El pobre desgraciado, se creía el mismísimo RAMBO e incluso imitaba torcimiento de su labio inferior provocado por el grito salvaje ante la descarga brutal de munición. JANDRO LA ABEJA MAYA arribó apresurado. Olía a feromonas de híbrido, transpiraba como un mapache sarnoso. Desaliñado y con pelo de polla poblando su barba, el riojano iba equipado con un completísimo kitt de supervivencia, con colonia, pomada para las almorranas, calculadora y chicles. PEPE PINOCHO encabezaba la llegada del resto de la expedición. Se balanceaba levemente. Presentaba claros signos de embriaguez. Entonaba cantos alegóricos mientras danzaba bailes regionales. Enseñaba a todo el mundo sus partes blandas riéndose como un poseso y se la maneaba al viento. Le daba hostiazos a todo lo que pillaba, containers, retrovisores de los coches, papeleras. Había entrado en una brutal vorágine de destrucción del inmueble urbano. Tuvo que ser reducido con muchos esfuerzos por sus compañeros. PARADA tras realizar el recuento de sus efectivos, ordenó a sus pupilos que subieran al autocar. NAYBET SERGIO tuvo que realizar el viaje en el maletero del autobús por la negativa por parte de sus compañeros a que lo hiciera en los asientos. ‘Los perros deben ir en el maletero’ argumentó el capi brasero. Era un agradable viaje de apenas 40 minutos que los trasladaría a El Montseny, bellísimo paraje cargado de historia. El autocar inició la marcha dejando atrás las luces navideñas que adornaban la capital vallesana. FITI PARADA se sentó en la primera fila de los asientos y empezó a cantar canciones monjiles y versiones moñas de Los Beatles. El muy capullo aplaudía hechizado, visiblemente emocionado, invitando a sus jugadores que tararearan con él las estúpidas melodías. Nadie le hizo caso. En la butaca de atrás, se encontraba FERRAN SCOBYDOO que, con 17 años, e

staba en plena efervescencia pajil. Jugueteaba con su amigo el calvo. Se había pintado de color rojo pasión las uñas de su mano derecha y sus dedos estaban adornados con joyas y anillos. Así se imaginaba que se la estaba machacando una bella mujer. Que imbécil. Dos filas atrás estaba acomodado MEJUTO GELADÓ. Sonreía a su espejo de bolsillo. Se veía guapo. Pero entonces los vio. No pudo evitar el estúpido parpadeo frenético que acompañan los tópicos de la sorpresa. Tenía el rostro poblado por una densa cordillera de abominables granos, pequeñas montañas nevadas de pus, minúsculos volcanes en podrida erupción. Los granos de los párpados no le dejaban ver y los que tenía en la nariz no le dejaban respirar. Su rostro era una cuajada de forúnculos, una auténtica paella valenciana. Que ser más repugnante. Tenía el cuerpo parasitazo de pústulas execrables, rebosantes de putrefactos fluidos y obscenidades esmeraldas. Ruborizado descubrió que los abscesos se habían esparcido por todo su cuerpo. Los golondrinos habían crecido como hongos por su espalda, ingles y pubis. Si cerraba los brazos se reventaban los granos de sus axilas. Con minuciosa obsesión, empezó a reventar aquellos vomitivos bultos flemonados, salpicando de pus todo cuanto había a su alrededor. La noche ya era cerrada y llovía en el exterior. Las gotas resbalaban por el cristal salpicado por supuraciones y se unían unas a otras, dejándose caer hasta el suelo mojado de forma sumisa. El limpiaparabrisas del autocar apenas daba abasto para limpiar el agua que caía sobre el cristal cada vez con más intensidad. Una ligera niebla entorpecía la ya poca visibilidad de la carretera. Habían iniciado el ascenso a la cordillera del Montseny. Se escucharon unos ruidos secos, metálicos. Procedían del maletero del autocar. Era NAYBET SERGIO que horrorizado suplicaba golpeando la carcasa para que le sacaran del maletero. Se asfixiaba, pedía auxilio con voz ronca. Pobre desgraciado, nadie le hacía caso. El cabrón del conductor, al oír los bramidos de socorro del libanés, más meneos le metía al autocar, frenando y acelerando
bruscamente para que los hostiazos que se diera NAYBET fueran más brutales. URDACI MASPONS estaba sentado semiescondido en la penúltima fila de las butacas. Se zampaba media docena de chuletas de pollo en aceite hirviendo, unas jamonetas y chicharrones con patatas en salsa rosa, unos tamales con tocino cocido y una ración generosa de tacos mexicanos con chili y pedazitos de ajo sofritos. Lo acompañaba con refresco de 5 litros. Parecía un mamut hambriento. Le sudaban la manos y le olían los pies. La grasa mantecosa brotaba de su piel brillante y sebosa. Con las manos llenas de grasa, chupaba astutamente hasta el último hueso, para terminar limpiándose las manos en el asiento contiguo. Que ser más despreciable. ONÉSIMO había aprovechado el viaje para echarse un buen sueñezillo. Tenía la cara pegada a la ventana, con la boca abierta, casi babeando, cabeceando como un delantero de fútbol. Tenía los labios agrietados, con pelo que no era suyo dentro de la boca, con dientes jabalineros, salientes desde abajo. Se lengua, grande y larga tenía mal aspecto, como un solomillo a medio rebozar. OSCAR MIGUELITO PARDEZA chupaba con ahínco unas cabezas de gambas .Las había encontrado en una papelera de las instalaciones braseras. Después de soltar un fétido eructo, se limpió los dientes con el plástico de su paquete de tabaco. Su grimosa y terrorífica uña del dedo meñique era utilizada hábilmente para extraer el amargo cerumen de su oreja. Unas orejas puntiagudas como las de un orco, enorme pozos destinados a engullir los vómitos que provocaban. Estaba pálido, sudaba como un cerdo apestoso. Tenía hinchado el colon que le pedía a gritos evacuar los los mísiles por el ojete. Se encendió un cigarrillo, se bajó los pantalones y se puso en cuclillas en medio del pasillo del autocar. Se balanceaba de un lado a otro, apretando con fuerza el punto caliente del vientre. Tenía los ojos rasgados y vidriosos de tanto constreñir los intestinos. Chillaba como un perro al que están apaleando brutalmente, gritando como si tuviera que cagar por el culo afilados cristales. Después de un esfuerzo enorme logró expulsar unos tímidos zurullos que precedieron a un truño gigantesco, descomunal, imponente, un zurullo sanbernardiano. Una auténtica obra de arte.
Un fascinante muñeco de 2 kg de peso, color marrón oscuro con manchas blancas de la hepatitis y forma cilíndrica decoraba el pasillo del autocar. Que ser más ruin y rastrero. El pervertido EDU V. MUÑOZ estaba acomodado en la tercera fila de las butacas. Intentaba llegar al orgasmo con la ayuda de un curioso aparato. El muy capullo había llenado una bolsa de pipas con carne molida de cerdo y un puñado de lentejas. Introdujo su pene en la bolsita de frutos secos y con la ayuda de una goma, la sujetó a la base de su pollón. Procedió a masajearse el nabo. Respiraba hondo. Estaba cómodo, relajado. La
acariciaba con un suave movimiento de vaivén, rítmico, hipnótico, de la base al glande. Pobre degenerado. Estaba muy enfermo. Tenía que recurrir a estos rústicos métodos de autoestimulación. Ninguna mujer quería acostarse con él. Ni las profesionales del sexo. ALEX GUSILUZ estaba sentado en la última fila del autocar. Miraba por la ventana, absorto en sus ideas. PEPE PINOCHO, estaba en la fase de la exaltación de la amistad de su proceso etílico y ya había escogido el blanco para hacer diana en el culo. Se sentó al lado de GUSILUZ. Le costaba vocalizar, degradando el idioma cuando hablaba. GUSILUZ tenía dos de sus botones de los pantalones desbrochados, seguramente por motivos de comodidad. PINOCHO acercó su mano y juguetonamente la metió en esa puerta que le habían dejado abierta. Empezó a acariciarle los huevos. Tenía las pelotas duras y redondas como las de golf, cubiertas con una fina capa pelo fino. Le agarró el pene, levemente torcido hacia la izquierda. Lo masajeó astutamente poniendo al descubierto un glande rosadito y grande como una fresa. Se puso el pene en la boca. Lo saboreaba, lo degustaba, relamiéndolo con vicio. Tenía gusto a requesón podrido, a mierda de varón. Pero no le importaba. GUSILUZ le acariciaba la nuca con suavidad, con cariño. Acercaron sus caras y se besaron con pasión, con hambre, con sed, con locura, en una erótica guerra de lenguas e intercambio de saliva. Que maricones. PINOCHO + le susurraba al oído.” Haz conmigo lo que quieras” “ Fóllame” “ Dime que me quieres… aunque sea mentida” ” Trátame como si fuera una puta: ¡¡Insúltame, pégame!!”. GUSILUZ le soltó una brutal y cruel somanta de hostias. Le atizaba en la cabeza con el puño cerrado y un certero puñetazo le partió la boca. “ Es esto lo que te gusta eh perro maricón? “ le chillaba repetidamente. PINOCHO salivó sus dedos y con fuerza los fue introduciendo en el culo del ariete garriguense. El de Madeira sacó de su bolsillo un frasco de vaselina. Le untó el ojete y las paredes del trasero , se embarró todo el cipote y le envistió como un astado en celo. GUSLILUZ gritaba horrorizado por el dolor que sentía. PINOCHO intentaba calmarle con palabras cariñosas. El autocar llegó a destino. La noche era gélida y nublada, con un cuarto de luna apenas visible. Bajaron del autocar y descargaron las tiendas de campaña y los sacos de dormir. NAYBET SERGIO ligeramente mareado y desorientado, tuvo que ser ayudado para salir del maletero. El mercurio había bajado por debajo de los 0º. Unos nubarrones presagiaban nieve y los árboles y la densa vegetación iban meciéndose al compás del viento que empezaba a soplar. Los jugadores de la plantilla empezaron a montar las tiendas de campaña. Hacía un frío de tres pares de cojones. Que gran idea había tenido PARADA con las jornadas de convivencia. Encendieron una hoguera y cocinaron los víveres. Charlaban animosamente, cantando y bailando ridículas melodías. Comían cochinillo asado para la ocasión y bebían grandes sorbos de vodka y tequila para combatir el frío. Brindaban con sus petacas a la luz de unos candiles de queroseno mientras oteaban la oscuridad que les rodeaba preguntándose si desde la espesura les contemplaban otros ojos. EDU MIGUELITO PARDEZA presentaba claros signos de hipotermia, con el pulso bajo y los labios morados.Ahora ya no se creía RAMBO. Pobre cabrón. FITI PARADA explicaba con suma implicación, sus experiencias militares como soldado de la Legión, en misiones secretas en la selva sudamericana, técnicas de supervivencia y un sinfín de historias fantasiosas. Para dar credibilidad a sus narraciones, el máximo mandatario catalán empezó a vocear gorgoteos y extraños sonidos guturales: “ Uhuuuuaa graag”, “Uhuuuuaa graag”, “Uhuuuuaa graag”. Pobre retrasado. Creía comunicarse con las ardillas. URDACI MASPONS había comido como un verraco. Apenas podía moverse. Había engullido con tanta ansia y codicia que las venas de su cuello estaban a punto de reventar y el color de su cara era rojo como un pimiento a punto de madurar. Tenía los dedos mugrientos de grasa y las uñas negras como el destornillador de un pocero. NAYBET SERGIO continuaba mareado, cianótico. Estaba pálido como un cadáver. GUSILUZ, MEJUTO y ONÉSIMO decidieron acompañarlo a dar un paseo, en una actitud un tanto extraña por el inaudito altruismo hacia el zaguero libanés. Se adentraron en el bosque. Árboles enormes y matorrales cerrados formaban un laberinto vegetal. No se veía un carajo. El boscaje era denso, con una oscuridad casi asfixiante. Tenían que usar las manos para abrirse camino entre las ramas y las vastas hojas arañaban sus rostros conforme avanzaban. NAYBET apenas podía seguirles. No había espacio para moverse. Las raíces y las plantas enredaderas conspiraban para que tropezaran sus pies. Empezó a nevar. Tras tres horas de travesía, se detuvieron a descansar. Pararon en una zona donde la maleza era abundante y tenebrosa. GUSILUZ propuso jugar al escondite. En el sorteo, amañado, le tocó a NAYBET ser el 1º en contar. Debía hacerlo hasta 5.000. El libanés se volvió contra un arbol, se tapó la cara e inició el agotador conteo ayudándose para ello de los dedos de su mano. Sus compañeros huyeron velozmente hacia el campamento. Como se puede ser tan cabrón. Tras 90 minutos de recuento, el libanés se giró. Estaba rodeado de una maraña de arbustos y tupida maleza, pero ni rastro de sus compañeros. Empezó a gritar: “ Donde estáis cabrones?”.“Podéis ayudarme? “ Sus esfuerzos eran estériles. Lo habían abandonado como a un perro. “Eooooooooo! Hay alguien?” .“ Estás solo Moro de mierda!” le contestaba el eco. NAYBET, agotado y desorientado empezó a caminar sin rumbo a través del vasto bosque, impenetrable, tupido, hostil. Había oído que uno se puede guiar por la estrella polar. Así lo hizo. Levantó la mirada y divisó una luz fascinante, un fastuoso destello incandescente que se movía en el cielo nublado. Era la Estrella Polar. Si la seguía caminaría hacia el Norte. La empezó a perseguir. Primero andan

do. Luego al trote y finalmente al srint. El puto cometa se movía cada vez a más velocidad. La estrellita de los cojones cambiaba intermitentemente de color. Primero rojo. Luego azul. Pobre subnormal. No era una estrella. Era un avión. Aturdido y desmoralizado, el libanés se tumbó al suelo. Debía encontrar refugio para pasar la noche. Reemprendió la marcha adentrándose de nuevo en un mar de plantas y árboles que se entrecruzaban en una densidad inconbible. Oyó un ruido que le sobresaltó. Procedía de unos espesos matorrales. Una bestia dejó escapar un ronco gruñido. El aire estaba lleno de finos cristales de hielo. La madera de los árboles crujía quedamente por el frío .NAYBET experimentó la sensación de ser observado. Había lago allí. Muy cerca. De pronto se abrió el ramaje de un pino y un bravío jabalí salió tras él. Era una hembra. La bestia emitió un profundo y gutural gruñido. Colmillos como da- gas sobresalían de su hocico. Sus ojos parecían querer devorar a NAYBET que sintió como se le removía el estómago. Pareció transcurrir una eternidad, pero el puerco salvaje no se movía. NAYBET notó como bajaba un sudor frío por la espalda y se le acumulaba en el cinturón. Bendito sudor. El viento cambió repentinamente de dirección. Ahora soplaba con fuerza hacia el norte. El mamífero pudo olfatear el olor a sudación del libanés. Un hedor rancio, verraco, estiercolero. Una tufarada de cerdo. El jabalí, al comprobar que era un ejemplar de su especie, dio media vuelta y desapareció entre los matorrales. NAYBET respiró aliviado. El tiempo empeoraba y el viento le robaba el calor de su cuerpo. Le dolían los dedos de los pies y manos. La visibilidad disminuía por momentos. Cavó en el suelo un agujero parecido al de una madriguera, lo más hondo que le permitieron sus fuerzas, dispuesto a dormir unas horas. Se cubrió de matorrales y hojarasca. Comió lombrices y pequeñas comadrejas. Apenas pudo dormir. Empezó a sufrir cefaleas , vómitos y severa diarrea. Salió de la madriguera para excretar mierda líquida en cantidades masivas. Los vómitos fecales eran descontrolados, terribles. Cagó en un arbusto de hiedra venenosa. El contacto de su culo y genitales con el arbusto tóxico le ocasionó salpullidos, erupciones cutáneas y una extraña reacción alérgica erectó su pene de forma perpetua. Parecía que tenía el falo de yeso. Los pájaros pararon en su cipote a descansar. Cayó exhausto al suelo. Finalmente se durmió un par de horas. El bosque empezó a despertar. Se escuchaban el griterío de las crías de las aves pidiendo el desayuno a sus progenitores. Los macacos de montaña comenzaron a chillar, juguetando entre las ramas de los árboles y los linces rugían hambrientos. La tormenta había cesado. Los rayos de sol que consiguieron atravesar la tupida maraña arbórea, acariciaron la piel del libanés. NAYBET, tumbado boca arriba se despertó. Tenía todavía el pene erecto. Eran las 7.00 de la mañana a juzgar por la sombra que desprendía su polla tiesa, en un curioso e improvisado reloj de sol. Se puso de pie y se giró para recibir esa luz que siempre había considerado un regalo del cielo. Caminó unos metros para orinar en unos arbustos. Cuando se sacudió el pene para escurrir las últimas gotas, pisó una cosa esponjosa en el suelo y de repente una culebra arremetió contra su cipote. El dolor que sufrió fue intenso, atroz. El reptil le estaba desgarrando los genitales. NAYBET no dejaba de dar saltos con las manos en las pelotas, intentando liberarse de la víbora. Los testículos se le habían encasquillado en lo más hondo del escroto. Estaban duros y acartronados. La culebrilla le había arrancado el frenillo. Excretaba pus y sangre por el falo, sudorando como un sucio conejo australiano. Tras 20 minutos de lucha contra el reptil, NAYBET con la ayuda de piedras y un cuchillo, pudo librarse de sus tentáculos. Los daños habían sido irreversibles. La simpática anaconda le había seccionado la circunferencia del pene. Sufrió necrosis del glande. Tuvo que amarrarse un calcetín a nivel del surco balanoprepucial a manera de torniquete. Pobre desgraciado. Le dolía la cabeza. Le dolían brazos y piernas. Le dolía la polla. O lo que quedaba de ella. Estaba perdido. Tendría que trepar los picos que le rodeaban para ver si veía lago. Pero apenas le quedaban fuerzas. El cansancio se había apoderado de él. Débil y extenuado, NAYBET decidió tomar una decisión impropia de un hombre de su escaso intelecto. Aquel bosque era colosal, virgen, primigenio. Parecía palpitar como como si tuviera vida propia. Aprovechando que el día había amanecido despejado, el libanés decidió subirse a la copa de un árbol para llamar la atención de los posibles servicios de rescate. Escaló con extrema dificultad un abeto centenario. En la cima exploró desesperado indicios de la presencia de unos servicios de rescate que jamás llegarían. Nadie los había avisado. Frondosa vegetación serrana se perdía en el horizonte. Gritó pidiendo ayuda. Un chillido desgarrador, impotente, desesperado. “ Socorro, Auxilio” gritaba afligido. PAAAM!. Un balazo rozó la cara del libanés y se incrustó en el leño del abeto. El silbido de una segunda bala que destrozó su oreja, le hizo reaccionar. Unos cazadores furtivos lo habían confundido con un mono de montaña. Cegado por la desesperación, saltó al vacío intentando huir de aquel lugar. El hostiazo que se dio fue brutal. No podía ponerse de pie. Empezó a sentir un respirar muy agitado, su corazón latía angustiosamente. Una tercera ráfaga de disparos descargó a escasos metros, desplumando un longevo bellotero. Los tenía cerca. Muy cerca. Con las pocas fuerzas que aún albergaba, y a cuatro patas, se escabulló entre los matorrales. Aullaba de dolor, contoneando su cuerpo. Recorrió un par de kilómetros. Los zarzales le habían arañado el cuerpo. Había conseguido despistar a los cazadores. Paró a descansar. Estaba exhausto. Tenía vértigo. Sus manos estaban llenas de cortes y callos de andar a gatas. Comió pequeñas hierbas silvestres del suelo. Tenía el culo en pompa. De repente oyó un espeluznante rugido. Una enorme figura oscura apareció entre los arbustos. Se trataba de un gigantesco oso de color marrón de 400 kg. Su aspecto era feroz y amenazante. El plantígrado berreaba unos rugidos atronadores. Parecía herido. Levantado sobre sus patas traseras, ladeaba la cabeza. Los berridos hicieron vibrar todos los huesos de NAYBET que permanecía temblando a cuatro patas. Se acercó. El oso, babeando, abrió sus fauces y rugió con tal fuerza que el magrebí pudo ver el fino velo de su paladar. No estaba herido. Estaba en celo. El salvaje mamífero le embistió por detrás, perforándole brutalmente el culo. El mimoso osito rosnaba, mostrando sus afilados dientes y espuma salival en su hocico

. La nieve se esparcía bajo las arremetidas del libidinoso y excitado plantígrado. NAYBET chillaba aterrado por el dolor que le afligían 90 centímetros de polla animal. Recibía despiadados zarpazos en la cabeza. Tenía la camisa y pantalones rasgados. Sangraba por la cabeza, por la espalda, por el culo. Fueron diez minutos de dolorosa pesadilla. Los gritos del claro enmudecieron. Con paso torpe y cansino, el oso se retiró adentrándose en la tupida masa arbórea. El paisaje era agresivo y reinaba en él un silencio sepulcral. NAYBET sentía una metálica sequedad de garganta seguida de sed secante. Estaba extenuado, carente de fuerzas. Se deslizaba por el fango, moribundo, agonizando. Se arrastró por una picada empinada, pero a los 20 metros, desfallecido, quedó tendido boca arriba. El viento, que empezó a soplar con fuerza, arrancó una colmena de abejas del roble bajo el que se hallaba tendido el libanés. El abejar se precipitó sobre el rostro del magrebí y un furioso enjambre de avispas arremetió hostilmente contra su cara. Cientos de aguijones se dispersaban por cuello, cara, brazos y dorso hasta dejarlo casi inconsciente por la masiva cantidad de veneno que le habían inyectado. Tenía la cara como un albaricoque. Sus ojos tenían aspecto de escozor y tenía menos cuello que una madalena. Pobre cabrón. Su mugriento cuerpo estaba hinchado como un globo. Se arrastraba torpemente por el suelo como una lombriz. El suelo frío pasó a ser una húmeda superficie de musgo. Había humedad. Notaba como su cuerpo se enfriaba y su ropa se empapaba. Había cerca un riachuelo. El río estaba entarimado por largos maderos, pinos descortezados. El agua del arrollo era fría y cristalina, repleta de truchas frescas y pirañas. NAYBET se acercó a la orilla para lavarse y apaciguar el dolor que tenía en la cara, y al ver el reflejo de su rostro desfigurado y nauseabundo en las transparentes aguas del río cayó en él desmayado. Fue encontrado a 3 millas del puerto de Palamós por unos pescadores que estaban faenando la costa catalana. Desgraciadamente todavía estaba vivo. Mal herido, pero vivo.