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viernes, 22 de enero de 2010

DESVARIOS. RELATOS SURREALISTAS XII.


"PARADA BRUTALMENTE AGREDIDO POR UNA PROSTITUTA"

Era la tarde del pasado 5 de Enero. La noche de reyes en la que niños se llenan de ilusiones y esperanzas. La fiesta que reune a miles de personas en las calles y plazas de las ciudades para ver pasar a los reyes y sus pajes quines regalan caramelos a los chiquillos. Una noche en la que se mezclan las tradiciones y la fe. Una noche en la que FITI PARADA recibió una brutal y salvaje paliza. FITI PARADA estaba tumbado en su cama, abrazado tiernamente a su osito de peluche. El olor era insoportable, mezcla de éter, excrementos sin limpiar, restos de orín y desidia. La habitación era un cuchitril maloliente. Sobre la mesilla, una vieja radio. Una bandeja exhibía un sandwich putrefacto de moho, aún sin tocar. Un cuerpo humano, mórbido, supurante, nauseabundo, yacía tendido sobre unas sabanas que algún día habían sido blancas. Era FITI PARADA. Su barriga, repugnante, repulsiva y grande cómo la de una embarazada estaba cubierta de pelos gordos, sucios pelos de insecto de medio palmo de largo y gruesos como un alambre. Con la grasa que acumulaba en su panzón, una foca hubiera tenido calor en el Antártico. Sus manos estaban guarnecidas por escamas de roña, sus ojos absortos, perdidos, legañosos, parecían los de un castor con síndrome d
e down, y su boca estaba requemada de apurar colillas. Sonreía de forma malvada, eructaba fétidas flatulencias y simulaba pedos sonándose el sobaco. Pobre retrasado maricón. Todo él era seboso y hediondo. Un ser humano paradigma de lo deforme y el asco. Cientos de mosca revoloteaban sobre su cabeza, atraídas por la caspa y mugre que poblaban su cráneo. Estaba todo en silencio sólo roto por el tic-tac monótono y exacto del reloj de Micky Mouse ubicado en medio de la sala de estar. PARADA sintió una breve brisa pasar detrás de él, por su espalda, rozando levemente su oído. Una sombra pasar como una ráfaga centelleante, a intérvalos, fugándose a través de los huecos que dejaba la luz de la luna entre las nubes, allá fuera, proyectada por el vidrio del ventanal a su lado. Oyó una risa burlona diluyéndose en los estertores del silencio.” He dicho que no!!”.“No, no os oigo, dejad de hablarme!”.”He dicho que no estoy escuchando. Basta!!.” gritó. Pobre demente. Oía voces en el interior de su mente perturbada . Le acosaban aterradoras visiones que le hablaban y le ordenaban masturbarse compulsivamente con una mano mientras que con la otra debía golpearse con un palo en el que sobresalían unos clavos oxidados.”Cobarde!”, “Maricón” insultaban las vocecitas. “Micropene subnormal”,”Pajillero” .PARADA miraba a su alrededor. A todo los lados. Pero nada. Mas risas escurriéndose ante su impotencia que le ofendían: ”Sapo seboso!”. FITI decidió abrir su ordenador para entrar en el ciberespacio y recorrer las mejores webs eróticas. Lo hacía cuando estaba muy nervioso y le tranquilizaba navegar por las páginas de contenido fetichista. Probó con varias configuraciones que se le ocurrieron hasta que tecleo www.malasputas.com y, con sorpresa, accedió al sitio. Hizo clic en entrar, tras varios intentos fallidos por los notorios temblores en las manos que tanto había agradecido cuando iba a orinar. La pantalla del PC mostró la pagina principal en cuyo encabezado advertía: <>. Había varias pestañas con los servicios ofrecidos. Optó por las “señoritas de compañía”.Las chicas de alterne estaban clasificadas por raza y color de pelo. Prefirió abrir el espacio correspondiente a las rubias. En una franja corrediza aparecieron ante sus ojos de obseso sexual deficiente, las imágenes en tamaño reducido de las zorrillas con su nombre debajo. Al pinchar una de ellas, se abría la página de la acompañante, con el retrato ampliado. Con una sensación de absoluta taquicardia, eligió a Jennifer. La foto revelaba una rubia muy sexy y extremadamente bronceada. Estaba arrodillada, desnuda, comiéndose un plátano la muy puta, y mostraba un cuerpo escultural con unas curvas sencillamente peligrosas. Un verdadero sueño de chica. Sus pechos colgaban pesadamente. Tenía el pelo alborotado que parecía apuntar en todas direcciones e inmenso y temibles ojos celestes enmarcados por unas largas y bellas pestañas. Denotaba elegancia, con un aspecto muy pulcro. En la descripción decía tener: 22 años. Medidas: 90-60-90, 1,72 de altura y 55 kilos. Debajo figuraba el número de su móvil y una frase reveladora indicaba <>. Me conocen como:.Atiendo clientes a domicilio. Espero verte pronto. 200 € la hora. Sus pezones y el fino vello de su pubis atrajeron a FITI PARADA provocándole el hambre creciente del deseo. Comenzó a sentir un calor familiar en la entrepierna. Se empezó a frotar frenéticamente los genitales. Babeaba como un cerdo leproso. Daba lengüetazos a la pantalla del PC, lamiendo burdamente la foto de aquella furcia, chupeteando depravadamente aquel retrato de la prostituta electrónica. Que ser más miserable. Estaba mas excitado que un hurón en celo. Hizo una llamada al móvil. Quedaron en que la zorrita le visitaría en un par de horas. Se despidió de él cariñosamente con una risa muy ensayada. PARADA estaba nervioso por la cita. Sus rodillas temblaban, su corazón cabalgaba atropellado y su estómago se revolvía incómodo en su minúsculo habitáculo. Paseaba histérico por el pasillo aferrado a unas bragas que había robado a su anciana y enferma vecina. Las olía con depravación. Tenía la polla latente, ahogada bajo sus calzoncillos. Quería meterla en caliente. Quería follarse a Jenny. Se vistió con americana y corbata. El traje caía como una especie de trapo que alguien había olvidado en un mostrador y el nudo de su corbata era un espanto de epilepsia e inutilidad. Tosió y nada más hacerlo, notó una generosa cantidad de flema que ascendía desde sus pulmones. Tenía que ir al baño. Su cuerpo quedó de pie en el espejo que poseía el aseo. Las pupilas se le dilataron al extremo de la locura. Una mueca macabra se proyectó en el espejo al ver su rostro desfigurado. Languidecía por momentos. Su pierna de-
recha sufrió un tembleque, constante e imparable. El miedo lo petrificó al momento. Cada músculo, articulación, agarrotados por completo. Estaba viendo una figura humana mezcla de híbrido y hombre leproso repulsivo y atávico. Estaba contemplando un molusco de náusea, fermento y horror. Un ser asqueroso, repugnante y surrealista. Un hombre inmarcesiblemente guarro, estiercolizante y monstruoso. Un auténtica cloaca apestosa. Basura de ser humano. Ignoro porque dios permitía que existiera. Sonó el timbre. Era la hora. Con los nervios a flor de piel, miró por la mirilla de la puerta y la vio.
Era Jenny, lozana, exuberante, hermosa. Abrió la puerta. La prostituta se est
remeció de asco al ver aquel rostro nauseabundo, seboso y repulsivo, cubierto de llagas y úlceras. FITI depositó dos besos en sus mejillas. Jenny los sintió como dos pinchazos de repugnancia y grima. La invitó a pasar. Llevaba unos pantalones entallados y una blusa de algodón que dejaba ver unos pechos opulentos. PARADA se sentía nervioso y emocionado. Apenas cerró la puerta, la muchacha comenzó a despojarse maquinalmente de sus prendas. “¿Tienes prisa mala puta?” le preguntó educadamente. La fulana se detuvo, abriendo desmesuradamente los ojos al volver a contemplar tanta fealdad. “ No. Es la costumbre”. contestó. PARADA se le acercó y empezó a acariciarle el pelo. La besó. Ella en un acto reflejo cerró los ojos. No de pasión. De asco. De horror. Le cogió de su mano y la acompañó hasta su habitación. FITI se sentó en la cama desajustándose la corbata y señalando con la cabeza el espacio a la derecha del colchón para que la acompañante se sentase a su lado. “Primero págame” advirtió. El mandatario brasero sacó del cajón de la mesita de noche 200 € y se los entregó. “Son 600 € “ recriminó la muchacha. “Como que 600€?, si me dijiste que eran 200 la hora!!!” le respondió contrariado.” La tarifas por los servicios de zoofilia son 600.” concluyó la puta. Le había cobrado el triple. Por feo. PARADA enojado accedió a su petición y le abonó la cantidad. Se empezaron a desnudar. Los calzoncillos de FITI parecían de escayola. Estaban tiesos como si los hubieran confeccionado con la vendas de una momia. La parte baja era como un nido de golondrinas, duro como las piedras, lleno de pelusa por dentro y haciendo en el medio una cazoleta muy apropiada para guardar sus huevos. Ella desnuda, medio arropada por una sábana blanca, fingía una media sonrisa. PARADA se abandonó por completo a su cuerpo desnudo, palpando sus rincones más secretos. Lamía con vicio sus pechos perfectos, besando sus nalgas duras y tersas. Sus labios tiernos, sabían a fresa. La lengua de FITI recorría la piel de aquella diosa, bañada en la luz de la luna y neón. Sus dedos exploraban la turgencia de su anchoa. Jenny cerraba los ojos ante tan horripilante imagen, obstaculizando su visión con las manos para no ver a ese excremento humano, carroña en descomposición, engendro rubio y seboso. PARADA sudaba como una hiena. Su aliento era espantosamente fétido, como el de un bisonte con sífilis. Estaba cachondo. Emitía un bramido de placer como el de un mamut, ronco y profundo. Cuando más excitado se encontraba, ella se apartó súbitamente, se asomó a la orilla de la cama y vomitó copiosamente. Una desconsoladora tristeza se apoderó de PARADA. Que ruin y sórdido momento. Los apodos, los insultos que desde niño le habían acompañado irrumpieron en su cabeza: “Sapo, marrano, sucio, puerco, obeso, gordo, hipopótamo, seboso, hediondo, batracio, retrasado…” Inútilmente trató de eliminarlos. Sentía lástima de sí mismo. Que estúpido modo de engañarse con amores que le desnudaban y vaciaban el alma. Sentía como las si imágenes de una pesadilla se materializaran con una ferocidad inaudita. Sí, era un “hombre” feo, repugnante, seboso, un aquelarre de ser humano, repulsivo y nauseabundo que había conquistado el cielo de los marranos, pero para un cliente con dinero, cualquier cosa es posible en el mundo de la prostitución. No hay tabúes ni fetiches demasiado raros que el dinero no pueda hacer posible.” Chúpame la polla, mala puta” ordenó a la muchacha. Jenny lo miró con cara de pena y ojitos de carnero degollado. Sus ojos seguían arrojando odio y repulsión. Se acercó al pene de PARADA y pudo percibir una pestilencia a meado rancio, pus, a sangre sucia y mierda. Tenía crostas y laceraciones en la polla. Reteniendo el aliento, sin siquiera poder pestañear, con la fuerza justa para no caer desmayada y apartando a manotazos la nube de mosquitos que rodeaban sus genitales, Jenny se dispuso a chupar aquel trozo de carne berraca, podrida, maloliente. El ofrecimiento monetario era demasiado goloso para que las excusas saltaran. Una sensación de náuseas y arcadas se apoderaron de nuevo de la prostituta. Vomitó. Esta vez sobre el cuerpo deforme y mórbido de PARADA. Jenny, antes de que se diera cuenta de lo sucedido, y en un acto reflejo, agarró la lámpara de cerámica de la mesita de noche y le atizó con ella en la cabeza. Lanzó un certero golpe en el cráneo, de media vuelta, abalanzándose contra aquel desecho humano, incrustándole el candelero en su mugrienta cabeza, seguido de un quejido, como el crujir de los huesos. Otro y otro más, en una brutal seguidilla de golpes, con los dientes apretados, muy apretados y una inusitada fuerza. Con una energía descomunal causada por la propia exaltación y repulsa hacia esa bazofia humana, siguió dándole golpes, con el puño y luego con un taburete que por allí encontró. PARADA sangraba por la nariz por la boca, por los ojos y por todas aquellas heridas ocasionadas por la maldita paliza que le estaba propinando merecidamente aquella prostituta. Cuando el cuerpo de PARADA yació inmóvil, ensangrentado e inerte, Jenny dejó de apalearlo, y presa del pánico, abandonó apresurada aquel apartamento apestoso, no sin antes patear, escupir y maldecir de nuevo ese cuerpo lardoso y seboso. Fue a la mañana siguiente, cuando la plantilla brasera alertó de la ausencia del máximo dirigente vallesano en el entrenamiento matutino. El capi de la escuadra catalana, ALEX GUSILUZ, se acercó al domicilio de PARADA y tras forzar la puerta, lo encontró en su dormitorio. Yacía inmóvil, lívido, pálido. Con los ojos húmedos y sombríos, blancos como huevos, fijos en el techo. La mirada inexpresiva y apagada, perdida en el infinito. Estaba desnudo, con el pene erecto. Una mezcla burbujeante de saliva y espuma se desprendía de sus mandíbulas abiertas. Tenía brutales heridas abiertas en la cabeza. La habitación olía a podrido, a putrefacción, a esperma, a tumba. GUSILUZ se acercó a aquel cuerpo asqueroso cubierto de sangre. Todavía estaba caliente. Desgraciadamente
su corazón todavía latía con fuerza. Estaba vivo. Inconsciente pero vivo. El vómito ácido ascendió por su garganta e irrumpió por su boca al ver ese gordo apestoso. Le vinieron a la mente horrorosos recuerdos del Presi vallesano: sus calamitosas actuaciones en el terreno de juego, las mensualidades que aún le debía, el fétido hedor que desprendía su boca desdentada. Se ruborizó y en un acto instintivo, empezó a abofetearle brutalmente. Primero con la mano abierta. Luego con el puño cerrado. Se levantó y con paso firme se dirigió a la cocina. Volvió dos minutos más tarde con un trapo de cocina. Flexionó su rodilla de manera que su rostro se situó frente al de PARADA. Sus mejillas se rozaron. GUSILUZ se acercó a su oído y le susurró “ Esto te va a curar, maricón.” Abrió el paño de cocina y extrajo un limón y unos pellizcos de sal. Los echó en las heridas abiertas. Que cabrón. PARADA se retorció. Sus huesos, sus músculos convulsionaron por el escozor de la sal y el limón. Empezaba a recobrar el conocimiento. Los quejidos y el movimiento de su cuerpo se reiniciaron con una inquietud controlable. GUSILUZ levantó su mentón con delicadeza, y abriendo sus dos manos a la altura de las orejas de FITI, soltó una violenta cachetada que cimbró sus tímpanos sumiéndole en el desconcierto. Nuevamente le tomó el rostro con ambas manos, y con un salvaje derechazo le dejó inconsciente de nuevo. GUSILUZ se había divertido apaleando a aquel perro y decidió llevarlo al hospital no sin antes robar algunos objetos de valor. Se echó el cuerpo de FITI PARADA a la espalda y salió de su apartamento. El ascensor no funcionaba. Tiró con fuerza su cuerpo al suelo y lo cogió por los pies para arrastrarlo. GUSILUZ remolcó el cuerpo hasta su vehículo. La cabeza de PARADA golpeaba brutalmente contra los escalones de mármol. El ariete catalán depositó el cuerpo del máximo mandatario brasero en el asiento del copiloto de su vehículo. No le abrochó el cinturón. Él lo hizo en el del conductor. Cogió el volante con ambas manos, ajustó los espejos, metió la llave en el contacto y arranco el motor. Pisó el acelerador a fondo, cam-biando de marcha con una habilidad y destreza increíbles. Frenaba y aceleraba bruscamente para que PARADA pudiera comprobar con su ca- beza la dureza del plástico de la guantera. Qué hostiazos se daba... GUSILUZ reía como poseído con cada porrazo que la cabeza de PARADA se daba contra el salpicadero del coche. Parecía un muñeco de trapo. Llegaron a urgencias del hospital. Sonidos débiles y confusos repercutían en las salas y pasillos de la clínica, generados por la acústica de los techos abovedados. Las voces humanas se unían en una extraña simbiosis con el roce escalofriante de las ruedas de las camillas que transportaban su carga. Al ver a PARADA, los doctores quedaron horrorizados. Algunas de las enfermeras presentes se santiguaron. Otras huyeron aterrorizadas ante ese ser repugnante. Un ser que llevaba el estigma de lo horrible en su espantoso y tétrico careto. El asco infinito en un cuerpo seboso, sin musculación, con adiposidad. Un horror que la naturaleza le había dado un aspecto más que feo, vomitivo y soberanamente patético y apestoso. Un especímen con rostro de reptil, de urraca, de cuervo. PARADA miraba fijamente a los facultativos con sus ojos horripilantes y asimétricos. Los doctores cerraron las pu
ertas y se reunieron para ver que hacían con tan horrenda criatura. Tras treinta interminables minutos de deliberación, el director médico se les acercó sin poder disimular su cara de repugnancia y casi lástima hacia aquel rostro. El doctor comenzó a regurgitar hasta vaciar completamente su estómago. Con los ojos desorbitados por el terror, les comunicó, omitiendo el código deontológico, que no querían atender a ese moribundo por ser un animal, que debía ser tratado por un veterinario. Cuarenta minutos más tarde, FITI PARADA era ingresado en una clínica veterinaria. Actualmente se está recuperando junto a simios, hámsters, conejitos de índias y periquitos.///


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