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jueves, 19 de noviembre de 2009

DESVARIOS. RELATOS SURREALISTAS II.

"PEPE PINOCHO, EL FASO GINECÓLOGO"


La suya es una historia de un niño de tez morena, y sucio , inmundo y tiñoso aroma. El relato de un chiquillo inquieto, raquítico, enfermizo, con cara de porcelana, de corta inteligencia y estéril. Se crió entre polvo, droga, brotes de tuberculosis y sarna, ratas y un intenso olor a hedor, orines, basura y azufre. Vivía en una chabola hecha con tablones, latas y telas viejas. Entre montones de basura y barro.
Cerca del vertedero de Las Barranquillas. Un microcosmos dedicado a la venta de heroína y cocaína, un feudo dominado por clanes gitanos que se reparten el espacio y luchan de forma sigilosa y macabra, por hacerse con los clientes. Se dedicaba a la mendicidad y a los pequeños hurtos. Ocasionalmente probaba fortuna con su cabra famélica perdida sobre una escalera de hierro mientras ponía en marcha un organillo eléctrico que vomitaba una cancioncilla tristona. Recibía palizas constantes de los transeúntes que lo apaleaban y linchaban sin piedad como a un perro sarnoso y miserable. Pobre desgraciado. Algún que otro buen samaritano le hacía entrega de un cartón de leche. Pero no era para él. Era para la cabra.Su cuerpo era tan débil como su
mente. Una mente perturbada, enajenada, obsesionada con los símbolos fálic
os y ritos sodomíticos. Fascinado por la idea de castrarse, PEPE PINOCHO padecía el síndrome del Pajillerus Vulgaris, una anómala e insólita dolencia considerada como una alteración de los hábitos y comportamientos sexuales. Las personas que lo padecen, son asaltadas por sus ansias carnales y se dedican a tocar su zambomba con cualquier pretexto, excretando gran cantidad de baba mientras masajean su palote. El trastorno le conllevó la pérdida de un ojo y los dientes, y acné y herpes en todo el cuerpo lo que le hacía ser presa fácil de los desalmados de su barrio que le apedreaban como si de un leproso se tratara. Amedrentaba, robaba y maleaba por las calles. Hurtar era su manera de gritar esperanza. Era un niño de 10 años, con mirada de 20, vida de 50 y un pene de 80 de tanto meneárselo. Un muchacho de mirada pilla y pinta de deshauciado.
Un joven deseoso por propinar pollazos por doquier, hambriento por desflorar a una quinceañera, ansioso por meter la estaca en el agujero de la felicidad. A la edad en la
que los niños juegan al pokemon, PEPE PINOCHO ya tocaba chochetes e idolatraba la fustigación y la excitación anal. Un chaval que intentaba sobrevivir a una generación
marcada por la marginación. Un desperdicio humano que comía cáscaras de pipa escupidas por los vagabundos y bebía de aguas fecales. Pese a su escaso vigor mental, con seis años, en la escuela, durante el poco tiempo que la frecuentó, desobedeció el séptimo mandamiento, robando unos lápices de colores que después vendería para invertir las ganancias en revistas pornográficas y hierbas diversas. A los siete años asaltó un geriátrico para robar las bragas sucias de las ancianas. PEPE PINOCHO tenía
una extraña atracción por las braguitas mugrientas de las octogenarias. Las olía profundamente, las lamía. Lo que después pudo hacer con ellas son meras especulaciones.
A los ocho ya se había hecho un nombre en el barrio. Robaba tiendas sexshop y los coches eran su objetivo. Era diestro en el manejo de navajas y pistolas, así como en el
arte del birlibirloque. Estaba curtido en cientos de batallas, equipado para la guerrilla callejera. Olía el miedo de sus adversarios cual mamífero carnívoro y carroñero hambriento. Atacaba sin piedad a turistas para robarles todo cuanto llevaban encima. Les asestaba brutalmente navajazos, y con cada cuchillada que acertaba, les contagiaba el ébola, herpes, ladillas, sífilis, la peste y todo tipo de infecciones provenientes del rico ecosistema presente en el filo de su navaja. A los nueve ya se atrevió con los bancos. PEPE PINOCHO ya se había convertido en un habitual en la sección de sucesos de los diarios de la época. Había puesto en jaque a toda la Policía y los miembros de seguridad. A los 13 años, ya con más de 150 antecedentes policiales, abordó una congregación de monjas, su gran pasión. PINOCHO sentía un enfermizo frenesí por este género femenino, semejante a un pingüino, que se caracterizan por su baja es-
tatura, por lucir bastas gafas y por disminuir las ganas de procrear.
Las monjas, vírgenes, inmaculadas, de himen intacto, fueron desvirgadas por un PINOCHO anhelante y sediento por desflorar el felpudo de las religiosas. Ya con 16 años, la mayoría de edad penal, nada pudo salvarle de una nueva condena que lo llevó a la cárcel. Su delito esta vez, la estafa. Localizaba sus víctimas a travé sde la guía telefónica, y éstas acostumbraban a ser mujeres desvalidas, ancianas inocentes y pardillas. Si-
mulaba ser un encuestador del Ayuntamiento. Llamaba a la puerta de sus víctimas con el pretexto de realizar una encuesta y les pedía que les chuparan la polla. Evidentemente
era un timo. No había tal encuesta, lo único que quería era que les comieran el cipote. A sus 16 años, PEPE PINOCHO, todavía un niño de rostro aterrador y espeluznante fruto de la convergencia de la raza humana con las urracas, con un intelecto equiparable a la del pez payaso, pero un chiquillo pese a todo, ingresaba en la cárcel de Carabanchel. Un presidio habitado por asesinos, violadores, criminales, forajidos, dementes y escoria social de celebro de rata con síndrome de Down. Allí conoció a uno de esos delincuentes. Era FITI PARADA con el que entabló una sentida amistad y con el que coincidiría en las actividades comunes de los presos: macramé, petanca, aerobic... En la biblioteca de Carabanchel se aficionó a las revistas pornográficas y se enganchó. Quedo fascinado por la infinita belleza de la vagina femenina, seducido por la hermosura del felpudo mujeril, hipnotizado por el eterno esplendor de los chochitos. Advirtió que el potorro era un ente casi perfecto, que habla y te cuenta qué sienten las mujeres. Entendió que no hay mujer fea por donde mea. Obsesionado con los coños, chirris, conejitos y las almejas al vapor, cumplió íntegramente la pena y pudo salir en libertad condicional. Una vez excarcelado, decide abrir una consulta particular como ginecólogo.
Quería trabajar en dónde se divierten los demás. El modus operando del falso doctor consistía en pasar a las mujeres sin cita previa, es decir, sin solicitarlo en el mostrador. Las pacientes acudían a la consulta a puerta cerrada, sin enfermera ni biombo. Las tumbaba en la camilla semidesnudas, y el muy cabrón les mandaba colocarse en posturas inusuales para proceder a masajearlas. Solía vestir con pantalón, chaqueta y corbata. Su trato era educado y tranquilo. Nada despertaba motivos de duda. Con la ex-
cusas de praticarles terapias rehabilitdoras, el falso doctor masajeaba ingles, glúteos y mamas, para finalmente introducir los dedos , objetos fálicos, y botellas varias en la vulva. Les realizaba frotis vaginales con el dedo corazón, y hábilmente, daba el cambiazo: les metía la polla y les sacaba el dedo.
Y alé, ya se las estaba follando el muy depravado. PEPE PINOCHO estuvo trabajando como falso ginecólogo durante 5 años, efectuando manoseadas genitales, oscultaciones vaginales, comidas de potorro y frotis en la zona chochal a más de 200 mujeres.
Un día, comiéndose las uñas tras una jornada de trabajo, sufrió un ataque anafiláctico que casi le cuesta la vida. Era alérgico al marisco.

Para más gilipolleces visita: http://cronicasdeuncapullo.blogspot.com/

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